En su columna semanal, el periodista Ariel Torres cuenta que estaba "enamorado" de su iPhone y no entendía por qué. Había probado varios teléfonos similares, que hasta le parecieron superiores al de Apple en varios aspectos. Pero sólo el iPhone le producía ese "enamoramiento" particular.
Finalmente, de tanto usar el aparato llega a esta conclusión:
Lo advertí al cambiar un icono de lugar en la interfaz. Para hacerlo, hace falta presionarlo durante un par de segundos y entonces todos empiezan a vibrar. El efecto es genial. Y por completo innecesario. En cualquier otra máquina aparecería un cartel, toda la pantalla cambiaría de color o algo así. En el iPhone, los iconos se ponen a bailar. Brillante.___
Esa es la clave de este dispositivo: está repleto de cosas innecesarias, detalles superfluos, animaciones y efectos que no hacen a la función y por sí mismos no sirven para nada. Y precisamente ahí es donde nos sentimos atraídos. Los humanos somos los únicos seres que hacemos cosas que no son estrictamente necesarias.
Dicen los antropólogos que empezamos a ser humanos cuando viajamos largas distancias para conseguir piedras para adornarnos. O cuando empezamos a enterrar a nuestros muertos. Lo llamamos cultura. Ser humano es hacer cosas que no hace falta hacer.
Por supuesto, cuando imaginamos un mundo sin cosas innecesarias, el resultado es un horrendo hormiguero, una pesadilla orwelliana gris y funcional, desapasionada, inequívoca, neutra. Así que, en un típico arranque de condición humana, para nosotros lo innecesario es tanto o más necesario que lo funcionalmente necesario. Paradojas, sí, que nos explican con imperfecta perfección, y explican también el fenómeno social y mediático de un simple teléfono celular.
El iPhone es mucho más que un smartphone, he venido a descubrir en estos días, y lo es no por su facilidad de uso ni porque sea un teléfono técnicamente imbatible, sino porque se parece a nosotros. No es su belleza y nada más. No es el logrado diseño y punto. No es la facilidad de uso, que en última instancia se basa en que el usuario entienda ciertos convencionalismos (qué significa un icono, por ejemplo). Es su desfachatada apuesta a aquello que nos caracteriza desde siempre. Es, más que un teléfono, un objeto cultural.
¿Ustedes también sienten una atracción especial por lo "inncesesario"? ¿Verdaderamente forma parte de lo que nos hace humanos?
La foto es de este usuario de Flickr

















6 comentarios:
.-MARTÍN: ¡Brillante, brillante! Este artículo hace que todos veamos lo que has mejorado en tus alocuciones desde que haces prácticas de comunicación social allá en Atlanta.
.-Es cierto, los adornos de nuestras casas, la personalización de nuestros vehículos y otros productos de consumo fabricados en cadena que son todos iguales, también nos dicen que somos humanos porque amamos lo innecesario desde un punto de vista netamente práctico y funcionalista.
.-Me encantó a la vez que me sorprendió la aplicación de dicha teoría a la causa por la que el personaje que mencionas en tu post, se enamoró del iPhone y no de otro de esos aparatejos...
.-Gracias por tu artículo y saludos desde España.
Gracias, Andybel.
A mí también me sorprendió y me gustó la aplicación que hizo Ariel Torres de su concepto antropológico a la causa por la cual se enamoró del iPhone. Por eso, me pareció que valía la pena compartir su reflexión.
Saludos,
Martín
Lo que hace la cultura es convertir objetos innecesarios en "objetos de deseo". Esto hace imprescindible su posesión inmediata y despierta esos "sentimientos" paradójicos hacia un objeto.
Excelentes tus notas como siempre!
Pali.
Interesante, Pali. Saludos!
Si aceptamos que vivimos en un régimen capitalista que establece la dominación constante del individuo, no puedo más que sentirme feliz por poder disfrutar de lo innecesario. Creo que dadas las condiciones de este sistema, las personas debemos ingeniárnosla para ser medianamente felices con los objetos.
Por mi parte, amo los objetos y establezco relaciones con ellos que me permitan sentir algún instante de felicidad. La cultura afirmativa burguesa -siguiendo a Marcuse- le da a mi alma la posibilidad de ser feliz por un instante en el arte. Yo hago de los objetos "innecesarios" mis objetos de arte. Creo que estos objetos no necesarios nos permiten modificarlos y sumarles nuestra propia impronta y por ello se convierten, válidamente, en objetos de amor.
Gracias, Damián. Es interesante cómo van sumándose distintas interpretaciones sobre el mismo fenómeno desde distintos puntos de vista. Saludos!
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