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Caja de cambios: La curiosidad, un modo de vida

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14 abril, 2007

La curiosidad, un modo de vida

La curiosidad puede ser mucho más que esas ganas irresistibles de saber algo que nos intriga. Todos experimentamos esa sensación de vez en cuando, y no tiene nada de malo. Sin embargo, la curiosidad a la que aquí me refiero es más duradera, y en cierto sentido permanente. Una cosa es estar curioso por algo, y otra cosa es ser curioso.

¿Qué significa, entonces, ser curioso? Significa que no existan temas que nos neguemos a conocer. Es volver voluntaria y placenteramente a la edad de los porqués, o no haberla abandonado jamás. Implica tomar la decisión de interesarnos siempre por conocimientos de cualquier tipo, con la firme convicción de que cualquier tema puede resultar interesante y enriquecedor si alguien sabe cómo explicárnoslo. Es, en definitiva, vivir con una voluntad no utilitaria y desprejuiciada de conocer, una voluntad que no espera recompensa alguna por el esfuerzo invertido, excepto el placer intelectual de saber más que antes. Asimismo, el curioso es una persona que vive cuestionando, que no acepta medias respuestas ni que se le explique que las cosas se hacen como se hacen porque sí, o porque así es como siempre fueron hechas. Pretende razones, causas, fundamentos, argumentos. Intenta ir hasta el fondo en cada cosa. Toma la tradición con el respeto que merece, pero no por ello deja de cuestionarla e incluso abandonarla si va quedando anacrónica.

La curiosidad opera en dos etapas. La primera es la del interés y la duda: nos encontramos frente a algo o alguien y empezamos a preguntarnos por qué, cómo funciona, si no hay otra alternativa, qué significa, en cuántas partes se divide, de dónde proviene, quién es el responsable. Sentimos la necesidad de saber o, más bien, de no ignorar tanto. Hasta aquí no hemos hecho nada al respecto, tan sólo hemos "problematizado" algo que venía pasándonos inadvertido, es decir, hemos creado un problema en torno a un elemento de nuestro mundo que hasta entonces nos era indiferente.

La segunda etapa corresponde al momento en que la cuestión genera en nosotros tantas ganas de saber lo que ignoramos que decidimos dedicar un tiempo de nuestras vidas a resolver esas incógnitas y hacer algo al respecto. Es entonces cuando la curiosidad cumple con su misión: impulsarnos a conocer, investigar, preguntar, levantar el teléfono, abrir el diccionario, buscar en Google, la Encarta o en la Wikipedia, e inclusive ponernos en marcha para lograr cambiar aquello con lo que disentimos.

Por lo tanto, quien es curioso cuenta con un motor adicional. La curiosidad actúa, en este sentido, como un complemento de la voluntad, que la expande y fortalece cuando se trata de ir hacia lo que se ignora, de recorrer el camino que va desde la ignorancia hasta la adquisición de un saber determinado. Y, una vez conocido el tema, puede hacernos actuar en favor de lo que creemos correcto, justo o conveniente en cada caso.

Quien es curioso no puede ser prejuicioso. Los prejuicios aniquilan la curiosidad como el veneno aniquila la vida. El prejuicio es la negación de la curiosidad, ya que el prejuicioso cree saber cómo es algo sin conocerlo realmente, y el curioso aborda la realidad sin ideas previas, con interés de conocerla a fondo. El prejuicioso no pretende conocer, cree que no le hace falta, aunque, en verdad, no se acerca a la realidad porque teme que sus presupuestos, que tanta seguridad le dan, contrastados con los hechos demuestren ser erróneos. Entonces, por ejemplo, mientras que un prejuicioso se mantendrá alejado de los judíos por considerarlos avaros, el curioso hará lo posible por relacionarse con ellos para comprobar si efectivamente merecen ser descalificados por su avaricia. El curioso está abierto a lo que la realidad tenga para ofrecerle; el prejuicioso, no.

Ahora bien, alguien podría objetar que "el que mucho abarca, poco aprieta", es decir, que quien se interese por todo jamás tendrá tiempo para dedicarse a algo en profundidad. Y eso es muy cierto, pero la vida del curioso no se contradice con la necesaria especialización a la que nos conduce la vida moderna. Por el contrario, quien es curioso desarrollará más a fondo su curiosidad en las áreas que más le apasionan. Nada impide que un gran especialista sea también una persona abierta a cualquier conocimiento. Todos, tengamos la especialidad que tengamos, podemos ser personas abiertas, que ponen en duda sus propios supuestos y que viven dispuestas a aprovechar el aporte que pueda hacernos cualquier conocimiento.

Sólo se necesita cierta predisposición y un poco de voluntad para incorporar la curiosidad como una nueva manera de enfrentar la vida. El periodismo, sin dudas, es una profesión que se mueve fundamentalmente gracias a la curiosidad de quienes lo practican. No se concibe un periodista que no sea curioso. Juan Luis Cebrián, en su libro Cartas a un joven periodista, le habla sobre la curiosidad a su imaginario interlocutor, Honorio, con estas palabras:

"Una de las condiciones primeras [para ser periodista] es la curiosidad. Los filósofos llamaban a esto capacidad de asombro, e implica una cierta ingenuidad de espíritu, un amor a lo nuevo, un estar dispuesto a dejarse sorprender cada mañana. En esta capacidad de asombro reside el fundamento del conocer y por eso la rutina es el peor enemigo de la sabiduría. Lo bueno de los periodistas, de los periodistas a secas, es que se interesan por todo, se enamoran de todo, se arrebatan por todo y para todo. [...] ¿Qué es común a todo ellos? Te lo repito, hermano, la curiosidad, la maldita curiosidad por saber lo que hay detrás de las puertas, debajo de las alfombras, dentro de los cajones o en el interior de las camas. O sea que no me preguntes nunca más si tienes vocación, pregúntate a ti mismo si te interesa averiguar, cuánto miedo tienes a saber, a descubrir, a conocer, a investigar, a hablar y, en ocasiones, a callar. Mírate al espejo y responde: ¿es para ti eso más importante que nada? ¿Más que el dinero, la familia, la salud, la tranquilidad? ¿Disfrutas mirando? Entonces eres un periodista."
Cebrián concluye que "ser curioso es cuestionarse la vida, interrogar sin pausa, sin piedad, sin temores".


Para ver la ficha del libro de J. L. Cebrián, click aquí (Librería Santa Fe).

 
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